La ropa nueva no tiene drama

Hay días en que uno se levanta, se hace una ducha, y se viste fácilmente. Abre las puertas del armario y agarra sin pensar lo primero que encuentra, pensando en el café con leche, en poner el agua para el mate, anticipando el aburrimiento de la reunión de las diez, añorando ese encuentro a la tardecita, cruzando los dedos e invocando los dioses de los imprevistos para que ningún evento extraordinario lo haga cancelar.

Hay otros días, en cambio, en que vestirse es una tortura, incluso para los que jugamos con tres colores, de los cuales, dos, según dicen los que entienden las cuestiones físicas del reflejo de la luz sobre las cosas y de lo que nosotros percibimos sobre ese encuentro, no son colores.

Anoche soñé que tenía un casamiento, no sé quién se casaba. Y yo pensaba qué lindo sería ir si no me tuviera que vestir. Si pudiera ir con un pantalón de jean y una remera blanca. Porque la remera blanca me hacen sentir bien, es una remera que no distrae ni enmascara, que no me pesa sobre la piel como las cosas negras, es una remera que no habla. Yo no quiero perder tiempo en vestirme, quiero salir a ver cómo están los demás en el tren a la mañana, la chica con gustos raros y la ropa inventada, los señores de traje apretado y zapatos lustrosos, los ruedos cortados con los dientes y deshilachados, los cocidos a mano con parsimonia. Solo no me gustan las personas con ropa nueva. La ropa nueva tiene un anonimato, una dureza, falta de historia y olor a tinta china que se refleja en las caras tristes o enojadas de las modelos en las pasarelas. La ropa nueva no tiene suficiente drama, dijo Charlotte Gainsbourg, que compra ropa en negocios de vestidos usados.

Al final fui de jeans y remera blanca. En el casamiento había una mujer que comía todo lo que traían, sin apuro pero sin parar. Comió todos los panes y los grisines de la panera y cuando terminó preguntó a las demás personas de la mesa si lo que quedaba en el plato con los cubiertos a las diez y diez podía terminarlo ella. La gente le alcanzó los platos que ella fue terminando uno a uno, masticaba educadamente mientras cruzaba alguna mirada y esbozaba una mueca de sonrisa de compromiso antes de ponerse en la boca el bocado siguiente.

Hizo lo mismo con la entrada, con el plato principal y con los dulces. Luego bajaron las luces, empezó la música, todos se fueron a bailar y de a rato volvían a la mesa a descansar o a hidratarse, a mantener o elevar el taso alcohólico. Otros agarraban su vaso y salían sudados al jardín a fumar. El cotillón es un espectáculo terrible si uno no es de esas personas exageradamente alegres por naturaleza y no está en cualquier modo intoxicada. Es la hora en la que los abstemios leen el diario en el teléfono o se van a dormir y nadie se da cuenta.

Cuando llegó la hora de los lomitos y la cerveza, a oscuras y con la música a todo volumen, tan alegre, tan contenta, allá en el fondo en la última mesa en el ángulo, antes de la puerta que lleva a la cocina, estaba ella. Tenia una bandeja de sandwiches llena sobre el mantel y comía lentamente, pero inexorablemente. Pensaba comerme uno, dijo, pero no puedo parar, nunca puedo parar. Quiero comer hasta sentir que no puedo más, que si como algo más mi estómago explota, y en ese momento tomar agua, y que el agua llegue a todos lados y me dé ese hipo chiquito que me indica el limite máximo. Y entonces esperar un rato, media hora, a aveces menos, a veces más, y después comer de nuevo. Comer, masticar, tragar, deglutir hasta sentir la paz narcotizante de los recién nacidos cuando son amamantados, que toman la leche hasta el desmayo, hasta que la paz que

nace de sus pequeños estómagos los llevan hacia un sueño profundo, lleno de amor, esbozando una sonrisa. No sé que me pasó, por qué para mi no fue suficiente todo el que me dieron, el tema es nunca lo es. Hasta hace unos años me vestía, ahora me cubro, saco sabanas viejas de los armarios y armo carpas que me tiro encima para que caigan hasta el piso y tengan espacio para toda la paz que aún me falta comer. Menos mal que no tenés este problema con otras cosas, me dicen, y no sé, si es mejor enloquecer un pulmón, el hígado o las arterias. Pienso que sufriría menos si pudiera ser una adicta a cualquier otra cosa, flaca, invisible y no tuviera este peso de ser la gorda macanuda, decía la mujer enorme y triste mientras las luces que rebotaban en la pelota de espejitos iluminaban la bandeja con puntitos psicodélicos de todos colores.

El despertador interrumpió mi sueño a las 6.23. La falta de romanticismo de los relojes digitales se compensa con la posibilidad de programarlos a horarios que no sean redondos, enteros. No sé que tiene eso de bueno en sí, pero a mi me entretiene más que vestirme. Afuera llovía, otra vez, confirmando el inicio de la estación de mi sobretodo verde, del cual perdí las tiras de los pulsos, una se me cayó en una entrevista a un pintor y nunca la fui a buscar, y la otra se me salió en casa y estará en el agujero negro donde van las medias solas, los lápices con punta y las biromes que funcionan.

Me levanté, las desperté a todas, después de acompañarlas a la escuela tenía una reunión y pensé «qué me pongo», lo importante es que los zapatitos no aprieten y las

medias no den calor. Sí creo sea aconsejable que algo nos tenga locos de amor. Que sea el vecinito de al lado, como en el canto infantil, o una buena causa, las letras, la música, los astros, un deporte, una ausencia por mantener presente, una pregunta. Cualquier cosa que nutra ese amor que a nadie le basta, que buscamos como cachorros abandonados en el bosque imaginario de nuestra soledad profunda y le ofrecemos nuestros excesos, exacerbamos la alegría con bonetes, trencitos, serpentinas y matracas, y nos ofrecemos excedidos, solos, desnudos frente a un armario abierto, lleno de cosas que nos incomodan, o nos tapan, o que tienen la dura tarea de tratar de mostrarnos como aquello que no somos. Pensando en ésto me encontré ya vestida con un pantalón de jean, una remera blanca y mi sobretodo verde lleno de otoños colgado de la silla en la cual estaba sentada a la mesa de la cocina mientras afuera llovía, yo me cebaba un mate y pensaba qué palabras podría usar para contar éstas cosas en la reunión, donde lo que a mi me importa no será lo que me ponga, sino mi amor enloquecido por la prosa que cuenta sobre los sueños, las ausencias y las cosas.-

Nota publicada en el Diario UNO del 03 Noviembre 2019

Ilustraición de Tatiana Brodatch

Una lluvia inusual

El sábado había empezado a llover, algo normal en otoño. Lo raro sería que haya truenos, relámpagos, viento, que llueva con ruido y por mucho tiempo. Generalmente son chaparrones educados, circunscriptos, cosa de poder mirar llover con pose nostalgica por un ratito, sin siquiera tener que cerrar las ventanas, pensando en cualquier cosa con el teléfono cargado en la mano. La justa dosis de melancolía para una ciudad, más que nada, apurada, que se ilusiona con poder ordenar el caos, poco introspectiva, educada, donde la gente no se mira a los ojos en la calle sino es para insultarse en medio al tránsito, o para insultar un ciclista que va por la vereda, o para escarmentar un niño que te pasó cerca en monopatín o que va haciendo jueguitos con la pelota, mientras tendríamos que mirarlos con estupor, con gratitud, con cierta pena.

En cambio éste sábado fue distinto, empezó a llover y no paró en toda la noche, seguía
lloviendo el domingo cuando me desperté, y al ruido triunfal del agua sobre los techos de tejas de los edificios se sumaban truenos y relámpagos. El agua empezó a entrar por las ventanas cerradas así nomás, los techos se llovían por pequeñísimas grietas que nunca antes habían dado problemas, porque el caudal de agua no ameritaba. De nada valió que los que soplan las hojas de los arboles en las veredas a las 6 de la mañana, despertando los vecinos que podrían dormir un poco más, hubieran hecho todos los días ese trabajo por el cual sentían a lo lejos, no obstante el ruido ensordecedor de sus maquinas, los insultos de los bellos durmientes: los desagües de la ciudad no dieron a basto y se taparon igual. Se inundaron los sótanos de los edificios, donde la gente guarda cosas que no les importan pero que no quieren tirar, cosas viejas, feas o rotas, cosas inútiles por las cuales, cuando salga el sol, pedirán indemnización. Alguien tiene que pagar. Que sea el edificio, el dios de la lluvia, los ingenieros que proyectaron los desagües angostos. Pobre gente nosotros, malcriados por una ciudad que funciona, donde los colectivos, los subtes y los tranvías pasan a horario. Pobres todos aquellos que no fueron educados a lidiar con las sorpresas, con los inconvenientes, que no perdonan los errores, que escupen sobre lo que no comprenden y queman los libros que no tienen ganas de leer para que no delaten su ignorancia.

Llovió todo el domingo y seguía lloviendo el lunes. Tuve ganas de no mandarlas a la escuela, pero ya estaba despierta desde temprano, escuchando ese ruido a Paraná, tanto valía dar inicio a ese día complicado, inusual.

Salimos de casa tarde porque somos cuatro, y, a turnos, cada alguna de nosotras saliendo se daba cuenta de haber olvidado algo y volvía al rescate, quién de las monedas para la merienda (acá aún las monedas alcanzan para eso), quién de la mochila con los libros, según el nivel intrinseco de distracción. Yo, por ejemplo, me olvidé el paraguas pero no quise retardar toda la banda, total no hay mucho que caminar, pensé equivocadamente, y allá fuimos, esquivando los charcos saltables y sumergiéndonos en los ineludibles para felicidad sin límite de la más pequeña.

El tranvía demoró mucho en venir y llegó lleno como no lo está nunca. Subimos como pudimos y nos apretamos entre la gente. Llegando a nuestra parada e indicando la puerta del medio por la cual se debe bajar digo “vamos”, decidida como solo una madre de tres mal dormida en un dia de lluvia torrencial sobre un tren amotinado puede serlo. Pero nosotros estábamos en el fondo y la muchedumbre amplificaba la distancia hacía la puerta por donde debíamos bajar. Mi hija pre adolescente, haciendo honor a su condición, propone romper la regla y dice “bajemos por acá, ¿por una vez, qué va a pasar?”. Pasó que nadie tocó el timbre, e increíblemente un lunes a las 8 de la mañana no hubo nadie que esperara para subir en esa parada, en la puerta por la que no se baja no hay timbre, así que el tranvía, no paró. Bajamos en la parada siguiente por la puerta correcta en el momento exacto en que la lluvia se intensificó. Nos fuimos mojando, qué digo mojando, nos fuimos empapando desde la cabeza hasta a los pies, tanto que terminamos riéndonos, pateando charcos, cruzando sin apuro bajo la mirada atónita de los conductores nerviosos, y llegamos a la escuela como si nos hubieran tirado a la pileta vestidas de un día de otoño.

Las saludé y me fui bajo la lluvia a esperar el tranvía de regreso. Una calle tenía agua de cordón a cordón, dando a las veredas un aspecto veneciano. Llegué a la parada y encontré lugar bajo el techito. En la calle, poco antes de la parada, estaba el camión de la basura, inoportuno como siempre, necesario como siempre, bloqueando el tranvía que esperaba detrás. Los recolectores se pusieron impermeables amarillos de goma con mucha calma y empezaron a recolectar las bolsas que los porteros de los edificios y los propietarios de los bares de la zona habían acumulado para ellos en la vereda la noche anterior.

La parada estaba llena de gente, algunos bajo el techito, otros afuera con los paraguas abiertos que les hacían una cortina de agua personal todo alrededor. Todos se lamentaban en voz alta de la lentitud de los recolectores, de los automovilistas que nos salpicaban con indiferencia, de la falta de infrestructura, del cambio climático, de la tala de árboles indiscriminada, de la porquería que eran los paraguas con los que los vendedores ambulantes te estafan los días de lluvia, paraguas que veremos despatarrados en los tachos de basura apenas salga el sol. Un poco los entendía. Los minutos con la ropa húmeda y los pies mojados parecen más largos de lo que son. En ese momento miré a mi izquierda y vi un señor morocho, de rulos que estaba sentado con las manos en los bolsillos a los costados de una panza prominente, esperando como todos. Me miró, sonrió hasta con los ojos, y me dijo con acento extranjero “¿No es hermosa, señora, ésta lluvia? Mire -dice mirando hacia arriba- mire los árboles que lindos que son recién lavados, y qué lindo aire se respira.” Habrá estado un poco loco, habrá venido del desierto o perdido todo con una sequía. O simplemente no habrá olvidado, creciendo, cómo encarar los días. Habrá estado un poco niño, pensé, y lo miré con estupor, con gratitud, con cierta pena, le sonreí y le contesté sinceramente “Tiene razón, señor, es todo muy hermoso”. Él se levantó, me saludó con un gesto como sacándose un sombrero imaginario, y caminando bajo la lluvia en una Milán que sonaba como Paraná y se veía como Venecia, se alejó.-

Publicado en el Diario UNO el 27/10/2019

Ilustración de Tatiana Brodatch

 

 

Con alma de carnaval

Cuando era chica yo tenía un tío preferido, mi tío Pedro que es el hermano menor de mi madre. Mis abuelos maternos vivían en Gualeguaychú y además de visitarlos seguido durante el año, en las vacaciones de verano pasaba un tiempo en la casa de ellos. Mi abuelo nos armaba la pelopincho en el patio que tenía la galería con baldosas, pasto verde espeso, rosales al costado, y en el fondo la sombra fresca del níspero y de las enredaderas que mi abuelo regaba de tardecita. Tenía también una parrilla y una piecita que llamábamos el galpón, ese era el reino de mi abuelo y el lugar donde se hacían las frituras.

Mi abuela tenía los ojos como el cielo, era hija de alemanes y hablaba con un acento raro que hubiera querido imitar, me tenía en brazos a la noche y me cantaba una canción navideña en alemán que me sonaba dulce, cocinaba pizza casera, tortas alemanas, y preparaba té de manzanilla después de la cena. Para cada alimento su tiempo, para cada comida su especia. El armario donde ella tenía las sabanas y las toallas perfectamente dobladas, que perfumaban a sol y jabón blanco, es un lugar en el que iría ahora mismo, que no es un gran día, a esconderme si pudiera.

Mi abuelo, hombre de río y de pocas palabras, equilibrado y sabio. Se levantaba de la siesta y pelaba naranjas en el patio, comía y convidaba naranjas hasta no querer más, sin ninguna charla sobre beneficios o vitaminas. Desenredaba redes de pesca o embrollos de hilo trasparente sentado en un banquito, abriendo el enredo con calma, con tiempo, con paciencia. Y cuando el calor aflojaba me llevaba de la mano a la heladería y saludábamos sus amigos.

Venecia me regaló hace un par de años los ruidos de las noches de mi infancia en Gualeguaychú, cuando dormía en la habitación con la ventana a la calle, y sentía los pasos de las personas acercarse desde lejos, pasar frente a mi ventana hablando bajo, y perderse mas allá otra vez para siempre.

Mi tío Pedro era mi felicidad, era joven como un hermano mayor pero grande como un padre joven, tenía rulos, ojos celestes y estaba siempre de buen humor y apurado, y cuando jugaban al truco con mi papá, mi abuelo y mi tío Carlitos anotaban los puntos con fósforos o con porotos y se reían muchísimo. Y cuando la risa se agotaba, mi abuelo repetía el remate del cuento anterior y se reían otra vez.

Mi tío tenía una novia que me caía bien, así mismo el día que se casaron me puse triste. Yo tenía 8 años o quizas 9, y estaba triste sin entender bien por qué. Para colmo se escaparon de la fiesta, como se usaba en aquellos tiempos: yo salí del salèon a un pasillo y los ví que se iban corriendo, escabulléndose sin que los invitados los hubieran notado. Cuando me vieron ellos sonreían, yo no, y Ana mi nueva tía me leyó el corazón; se pararon a saludarme y me regaló sus guantes de encaje blanco, sus guantes de novia, que esa noche me salvaron y que atesoré durante años. Era como si me hubiera prometido algo con ese gesto que calmaba mi tristeza.

No sé que habré pensado, ¿que desde ese día los hubiera tragado la tierra o los hubieran raptado los extraterrestres? La cuestión es que cuando volvieron del viaje de bodas fue una gran sorpresa: seguían contentos, seguían siendo ellos, y me seguían queriendo.

Mi tío ya no estaba más en la casa de mis abuelos, y ahora yo tenía otra casa donde ir, casa que además tenía la particularidad que la habían construido parecida a la de mis padres. Ir a la casa de ellos era encantador. Mio tío era el de siempre, pero descubrí además que le gustaba ver películas, y a la siesta en verano nos sentábamos en la puerta a esperar que pase el heladero. Mia tía fue el nuevo mundo por descubrir. Un terreno, que era la entrada al tinglado donde se guardaban los autos y donde al costado ponían huevos las gallinas, estaba la casa de Cipriano y Dominga, los padres de mi tía, donde vivían otras dos hermanas y dos hermanos que aún habitaban ahí, aunque faltaba poco para que también ellos se fueran a sus nuevos hogares.

Ana y sus hermanas eran maestras, y es como un ensueño recordarlas jóvenes, tomando sol en el patio de la casona grande, preparando las clases, corrigiendo cuadernos y exámenes. Era como estar en detrás de las bambalinas del show más importante y duradero de la infancia, viviendo con las estrellas. Don Cipriano a la mañana me llevaba a recoger los huevos que habían puesto las gallinas, y Dominga que sonreía siempre con una mirada picaresca, para uno de mis cumpleaños, en las vacaciones de invierno, me hizo una torta con forma de conejo.

Una domingo yo estaba en la casa de mis tíos, y al mediodía estábamos todos invitados a almorzar a la casa de Dominga y Cipriano. Iban todos los hijos más las novias, novios, algún sobrino, algún pariente. Mucha gente, un tablón agregado a la mesa, y Dominga que servía los platos con pollo, puré y arvejas en medio de una alegre algarabía, cuando yo tiré sin querer mi plato al piso y lo vi romperse, las arvejas desparramarse por todos lados, no así el pollo y el pure que se quedaron tranquilos sobre una sola baldosa. Tenía 9 años, me dio verguenza, se hizo un segundo de silencio cuando se sintió el ruido de vidrio roto, y Dominga me miró sonriendo sirviéndome ya otro plato y me dijo “no pasa nada querida, es solo un plato, sucede a todos” y alguien me acercó mi silla y me preguntó si quería agua, y todos siguieron hablando, y alguien limpió el piso. Y yo no tuve más verguenza.

Pasaron tantos años, Pedro sigue siendo mi tío preferido y con Ana tuvieron cuatro hijos que hasta ahora les han dado dos nietos; mis abuelos ya no están, y Dominga y Cipriano preparan almuerzos para familias cada vez mas numerosas.

Muchas veces me pregunté por qué me quedó tan grabada ésta imagen de las arvejas, si también mis padres eran comprensivos y sensibles, y nunca me hubieran avergonzado por algo así. Por qué me viene a la mente hoy, un día en que el mundo me parece hostil y caprichoso, fingido hasta el ridículo, y complicado hasta la estupidez.

Y creo que me viene en mente hoy porque tuve la fortuna inagotable de haber encontrado gente buena también afuera de mi casa, buena y simple, de buenos modales, de ánimo gentil, cercanos a la tierra, a las cosas verdaderas, al calor de los afectos, a la corrección de los cuadernos que no quita la benevolencia hacia los errores, que son de lo mas humano que tenemos.

Y me ayudan a perdonarme y a perdonar, a darme coraje, a creer que el mundo puede ser un lugar bueno, con una sombra fresca y frondosa gracias a nuestro riego, aún si es una planta a la que le hemos dado fuego. Me recuerdan que a un niño le basta una mano que lo lleva a pasear por el barrio, una torta para el cumpleaños, la falda de una abuela que canta la canción que siente suya, un regalo que sea algo proprio e importante que se da como declaración de cariño y como promesa, un tío que te regala una musica distinta a la que venías escuchando, en mi caso un casette suyo de UV40. Que para liberar los nudos hay que hacerles espacio, y que si son demasiado raros, complicados y han sido apretados y abrirlos se hace imposible, hay que cortar por arriba y salvar lo que queda. Que Gualeguaychú y Venecia son hermanas y son la casa de mi alma, ciudades con con agua, pasos que resuenan, y alma de carnaval. –

Nota publicada en el Diario UNO de Entre Ríos

Ilustración de Tatiana Brodatch

Charla con el Aburrimiento

“En la vida hay cosas peores que la muerte. ¿Pasaste alguna vez una tarde con un asegurador?

Woody Allen

Hola, soy el aburrimiento. Ese que te persigue durante el año y te asusta de vacaciones. Que ocupa hasta la última calle de todos los pueblos a la hora de la siesta. 

Aburrimiento. Aburri-hambre, decía un niño abriendo una alacena. Porque el hambre y yo, el aburrimiento,  vamos de la mano y te hacemos suspirar y engordar.

Yo era uno de los antiguos dioses, generador de pensamientos nuevos, de obras detalladas, enormes, magníficas, hasta que el monoteísmo me convirtió en mero sustantivo, posible verbo para que lo actúen los demagogos y en adjetivo para los aseguradores de Woody.

Estoy en los primeros puestos de la tabla de generadores de producto bruto interno. Los negocios están desbordados de cosas para evitarme, comestibles y no comestibles.

Soy el Aburrimiento y frecuento algunas fiestas y cenas de viejos compañeros de escuela. Desencanto los recuerdos, enmudezco expectativas. Acaricio con mano maternal las cejas de los dueños de casa hasta que cabecean de sueño. Y me río. Porque hasta que el último invitado no cruce el umbral, no se puede ir a dormir.

Me enfilo entre las personas cuando se presentan o, lo que es peor, las presentan. Y en ese momento solo los más antropologicamente curiosos llegan a ignorarme.

Me gusta ir a misa, la de las 6 si me levanto a tiempo. Porque verás, querido lector, mientras en las escuelas mi presencia no es grata, igualmente está contemplada en el programa. En cambio en misa, no. Allí fingen no verme, y entre los salmos y las liturgias me enredo entre las manos que juegan con los anillos, y le soplo la oreja a los de cara más compungida. Hay gente que parece hecha de gusto para que yo pueda desplegar mi cola real y aburrirlos.

Soy el útero fertil de todo pensamiento impuro.

Están, luego, las fiestas infantiles. No me pierdo una. Dejo en paz los niños, que siempre se divierten, excepto uno. Siempre hay uno que se sienta al lado mío, ese que no quería ir, que tenía otra cosa que hacer, que es tímido o no puede comer dulces (los dulces, y en general las comidas y el alcohol son los motivos preponderantes por los cuales se soportan algunas celebraciones). En las fiestas infantiles yo apoyo el mentón en los hombros de los padres y madres dispuestos en pequeños círculos con un vasito de plastico en la mano.

Viajo en los asientos traseros de los autos donde patrocino letanías como ¿cuánto falta? Tengo hambre ¿Ya llegamos?; azuzo peleas y disputas por centímetros de asientos y debates interminables de derecho internacional por el lugar al lado de la ventanilla. Los niños quisquillosos son los mejores para mis planes, porque a ellos les da fastidio hasta el respiro demasiado cercano, entonces hago estornudar alguno, y hete aquí un viaje memorable.

Desde el asiento trasero manejo la radio con tres canciones terribles que hago pasar en todas las frecuentcias por todo el verano, y que terminarán cantando también ustedes en su mente y contra su voluntad.

Yo soy el aliento de vida que hace volar las moscas, con su probóscide, sus cinco ojos y su fetichismo escatológico, y los mosquitos, potenciales mini tanques de virus, ámbos sin funciones de polinizació son, sobre todo, molestos y guiados por mí. ¿O pensaban que era casual que volaran  siempre cerca de las orejas, teniendo todo el cuerpo a disposición?

Estoy allí donde hay un botón demasiado apretado, una piedra en el zapato, el primer dia de un cajero, una conversación de compromiso, estoy en esa anécdota dicha cien mil veces, en la rueda pinchada, en las descripciones demasiado largas, los prólogos y los agradecimientos.

Otros sentimientos menos resistentes al tiempo, como la pasión y la diversión, me ha preguntado cómo me mantengo. Logicamente, hago una vida sana, como sin salsas ni picantes, duermo bien, en camas donde no hay saltos ni sobresaltos, donde hice pudrir las manzanas del pecado que tiré en el bidón del orgánico. En esas camas hago roncar a uno y le congelo los pies y las nalgas a la otra, así después pueden salir a aburrir reuniones contando éstos detalles conyugales trillados en la sobremesa.

Vivo en los teclados del mundo entero y en estos tiempos, debo confesarles, me divierto más que nunca. Hay teclados aporreados en todos los ángulos del planeta, con dedos dis-ortográficos (todos éstos nuevos términos, todos los dis-algo, los inspiré yo, para molestar nomas, complicando las nomeclaturas, hiper diagnosticando las diferencias) y cerebros que poco han leído, donde puedo dar lo mejor de mi para aburrir a los que aún leen.

Soy también una cosa auto-inmune. Ataco de ésta manera aquellos que me caen bien y que veo un poco bloqueados. Empiezan a sentire apretados dentro de sí mismos, se aburren de sus propias vidas y los llevo hasta la exasperación, así hacen algo: Cambian.

Otro lugar que adoro, como dicen ahora las modelos, son las reuniones. Decí “reunión” en cualquier empresa y vas a ver cómo en las personas circula un escalofrío de terror, el pavor reunionis. De un estudio emerge que, en los momentos mas aburridos de una reunión, la gente en su mente dobla con su propia voz las palabras que esta escuchando para no aburrirse tanto. Disculpen, me salió el agua por la nariz, no tengo que tomar cuando me río. Pero qué disparate las cosas que se inventan. ¡En las reuniones no es posible evitarme! ese es mi reino: vos sos un huésped, el que habla es verborrágico, no podes mostrarte distraído, ves todos que toman notas y no podes reírte. Agradecé si no te hago caer de la silla, doblador.

Luego hay lugares donde no no entro. En algunos porque no puedo, y e otros porque no quiero. Porque aún para siendo el Aburrimiento se puede conservar un cierto decoro (se ve que pasé mucho tiempo con los poetas, eh?)

Entre los enamorados, por ejemplo, es muy difícil meterse. Oscar Wilde escribió que “el amor es un acceso de fiebre que termina en un bostezo”. Bueno. A la hora del bostezo llego yo, pero antes, mientras tienen fiebre, para los enamorados no existe el tiempo, y esta falta para mí es un gran problema. Ellos, o están amándose en una dimensión paralela, o están separados regodeándose en la distancia, recordando el pasado y anhelando el futuro juntos, es decir, en cierta medida están sufriendo. Y quien sufre, no tiene tiempo para mí. Y yo con ellos no me meto. De hecho, frecuento poco los hospitales y solo en las zonas burocráticas, y nunca me subí a una ambulancia. 

Con los animales en cambio no llego a hacer nada. No hay caso. No se aburren. Esto demuestra que para aburrirse es necesaria un mínimo de intelig…¿Cómo? ¿Que su gato es mucho más inteligente que bla bla bla? Bueno, reformulo: esto demuestra que un minimo de conciencia de sí mismo es requisito excluyente para que yo, el Aburrimiento, pueda actuar.

En fin, esta es mi vida. Muchos me evitan freneticamente, otros exclaman mi nombre con fastidio, o en voz baja. Pero a mí no me molesta. Tengo la autoestima (cosa que también inventé yo, y llené las librerías de manuales) intacta. Porque sé perfectamente que si no fuera por mí, no existirían las creaciones más hermosas, los inventos mas disparatados, el primer pensamiento que nadie antes había pensado. Porque para crear se necesita sí, el genio, pero también se necesita tiempo y aburrimiento, terreno fértil, motor que lleva adelante del deseo de desear.

Si me ven por ahí, ya saben como reconocerme. Guíñenme un ojo, digan algo poco correcto o escandaloso, tiren una zapatilla al aire, rompan las formulas de cortesía sin dejar de ser corteses y háganse venir el hipo en las reuniones. Denme espacio para luego darme batalla y nos vamos a divertir como locos. 

Nota publicada en el diario UNO del 29/09/2019

Ilustración de Tatiana Brodatch

Charla con La Culpa

Buenos días a todos, gracias por haber venido hoy domingo a ésta conferencia del Ciclo de charlas motivacionales.

Soy Culpa, sí, esa La Culpa… está bien así, no se paren. No, por favor, no se arrodillen tampoco, quédense tranquilos ahí sentados. No los voy a saludar uno a uno porque se nos va a hacer de noche, y acá ya nos conocemos todos – dice guiñándole un ojo a un señor de la primera fila – y quiero contarles un poco de mí, de mi historia, y de las dificultades que estoy encontrando en la era de las redes sociales.

La Argentina es un país donde siempre he vivido bien: pude crecer, progresar y poco a poco llegar a todos los hogares y, en cada hogar, a cada uno de sus integrantes. La Argentina es mi lugar preferido después de la mente de Woody Allen y de las madres primerizas. Bueno, también en los confesionarios lo he pasado de mil maravillas: Por mi culpa, por mi culpa, ¡por mi Gran Culpa!… Era música celestial para mi oídos. Estos oídos magníficos que la naturaleza me ha donado, los cuales me permiten oír, y debidamente castigar, hasta los más recónditos pensamientos.

El psicoanálisis me dio una gran mano también, gracias a Segismundo y su interpretación de los chistes, los lapsus y los actos fallidos. Gracias a ellos, yo, la Culpa, pude hacer mi trabajo cuando la gente simplemente se equivocaba. No, no, no querido, ¿cuál “me equivoqué”?, ahora me explicás, se escuchaba en medio de una cena romantica a la luz de las velas.

Gracias a Segismundo, la gente -es decir, ustedes, queridos espectadores- empezó a ofenderse por los chistes sin necesidad de que yo tuviera que intervenir explícitamente. Fue el declino total de la ironía liberatoria, de los sobrenombres creativos inspirados en extravagancias, desperfectos u omisiones físicas. Ojo, la ironía divertía también a mí, y eso debilitaba mi poder, el poder de la Culpa. La gente se andaba riendo como si nada, los pelados retrucaban, las nenitas anteojudas inventaban cosas sobre las antenas en los techos y decían “yo seré anteojuda pero vos no ves bien”.

Me salvó la revolución industrial. Les hice sentir culpa gracias a Poco. Todo es poco: trabajan poco, producen poco, ganan poco, menos de cuánto quisieran. ¿Cómo dice señor? ¿Trabajan mucho? Entonces se divierten poco, están con los hijos poco, compran poco en relación a cuánto trabajan.

Debo decir que también el tiempo siempre ha estado de mi parte. Soy uno de los pocos sentimientos -el sentimiento de culpa- que con el paso del tiempo no se hace más manso, dócil, invisible. Yo, con el tiempo, excavo, corrodo, hago transpirar, hiper ventilar, caminar como cangrejos sobre vuestros pasos, corriendo para atrás en busca de una redención que no llega. Porque no existe, y porque en el fondo yo tampoco existo por mí misma, soy una invención de ustedes, muy bien lograda, que los exime de tomarse la Responsabilidad.

Yo a Responsabilidad la conozco, y le gané por goleada. Cómo, se preguntarán. Era una sobona, Responsabilidad. Eramos chiquitas, estábamos en la escuela, después nos íbamos a casa y ella se ponía a hacer los deberes. Vamos a tomar la merienda – le decía yo – mientras vemos Carozo y NarizotaNo, me decía con ojos de ciervo (que son grandes, tiernos y brillan en la oscuridad), ella no quería tomar la merienda ni ver televisión hasta que no hubiera terminado los deberes.

Una tarde invitamos varios a amiguitos a casa, ella los invitó a hacer los deberes. Mientras estaban sentados a la mesa con todos los cuadernos las gomas y los lápices desparramado, yo pasé con un vaso gigante de leche bien fría con chocolate y pan con dulce de leche, prendí el tele, y bueno…lo demás es historia conocida. Ella se quedó con uno solo haciendo los deberes, que demoré dos semanas más en convertir. Bastaba volver mal a casa, decir que no habían podido, que no lo habían logrado, y que no lograrlo les hacía doler la panza, y al otro día lo mismo pero en la escuela. Y así Responsabilidad se fue quedando sin adeptos, y yo, la Culpa, lo anotaba entre mis huestes.

Cuando hube convertido casi toda la población (menos algunos que son inmunes sea a mí que a Responsabilidad), no hice más que complacerme. Las universidades de psicologia me pasaban

todos los años una cifra a porcentaje sobre la cantidad total de inscriptos. Cifra que, entre los nuevos inscriptos más los estudiantes crónicos, me hizo increíblemente (vergonzosamente, dirían ustedes, culposos) adinerada.
Los psicoanalistas en ejercicio de la profesión, también depositaban su parte. La población llegó a tener la cantidad más alta de psicólogos por cantidad de habitantes. Saquen cuentas.

De mí, nadie escapa. Estoy en todas las puertas de salida, hasta en las de emergencia señaladas con luces verdes tranquilizantes. Puerta que abran me encontraran ahí, apoyada contra el marco fumando un cigarrillo, recordándoles sin palabras que “yo podría haberlo hecho mejor”. No yo, claro, yo solo soy la culpa que les canto al oído que hubieran podido haberlo hecho mejor.

Pero bueno, así como no todo lo que brilla es oro, no todo lo opaco es chapa, y yo algunas cosas buenas les he dado. La teatralidad, por ejemplo, que los distingue e identifica. Han superado al italiano que los parió con las novelas. Y si no me creen, cierren los ojos y recuerden el “yo no fui” de un responsable, y el “yo no fui” de un culposo. Mi pollo, el culposo, te jura por su madre se besa los dedos amenaza de infartarse de matarse llora se raja la remera le da la culpa a otro y al final, con maestría, se enoja, se ofende, pega un portazo y se va. ¿Eh? Donde van a tener estos shows si no es conmigo. Después le cambian la cerradura, deja de bañarse, se entrega a la borrachera triste, escribe canciones, poesía o grafitis en la puerta del baño de la estación de servicio, y recuperaba la dignidad de paria o algo así, que alguna de la cruz roja emotiva se va a encargar de rescatar e inicia un nuevo ciclo.

El tema es que ahora, con las redes sociales, me han dejado de lado. Todos quieren parecer lindos y contentos, y eso no me favorece, pero además, es un engaño. Yo los conozco a todos, les doy el beso de la buena noche antes de dormir, sé cuantos ángulos probaron antes de acallar esa mueca delatora, cuantas veces hubieran querido confesar el malestar pero después pensaronquién te juna con un pié de foto que diga “tengo el corazón encajado en una morsa”. En las redes ahora quieren mostrar el desparpajo y la alegría, abolir la culpa, abandonar con un whatsapp, dejarse al primer desencuentro. Todo sin mí, todo sin Culpa.

Estoy acá para decirles que no los voy a abandonar sin luchar, y que ustedes podrán abandonarme solo haciéndose grandes; porque el antídoto para la culpa no es el desparpajo enloquecido y la sonrisa forzada, la solución es mi compañera de merienda de la infancia, la sobona, un poco aburrida, que se hacía cargo de sus tareas y después se divertía. Si ustedes crecen, verán luego con quien eligen merendar. Si no me eligen, no se preocupen por mí, -dice sollozando- voy a estar bien, voy a sufrir, claro, pero pensando que fue lo mejor para ustedes -se sopla ruidosamente los mocos-,y voy a llamarlos cada vez que estén contentos, para decirles con voz quebrada cuánto me alegra, aunque no se me note, aunque no parezca, vuestra felicidad. ¿Eh? Qué me dicen, éstas escenas las enseñaba en manipulación 1. Pero bueno, se nos acaba el tiempo a disposición.

Señoras y señores, la Culpa se despide de todos ustedes, ha sido un gusto (aunque confieso que he visto públicos mejores) igual… ¡nos vemos en la primera ocasión que se nos presente! Quizás ahora mismo, a la salida, basta recordarles que mañana es lunes.-

Nota publicada en el Diario UNO de Entre Ríos

Ilustración de Tatiana Brodatch

Ojalá fuera retórica

Jonatan duerme en una pequeña cosa con las paredes torcidas, el techo de chapa, y el piso de tierra adornado con azulejos encontrados por ahí. Una cortina separa a él y a sus hermanos  de la cama de mamá y papá, donde los escucha hablar, pelear, reír, gritar y hacer el amor.

Al lado de su casa pasa un riachuelo, o mejor dicho, no pasa: se estanca. Y en los días húmedos y abrasadores del largo verano, huele mas que en invierno.

Fuera de la casa hay una soga donde la mamá de Jonatan cuelga la ropa para que los vestidos de los chicos, descoloridos y remendados, se sequen al sol.

Es lunes y la mamá los despierta temprano, se visten todos solitos y quien quiere, se peina. Se lavan los dientes y se van a la escuela. No se duerme bien con la panza que hace ruido, pero es lindo cuando llega el lunes y se va a clases, en esa escuela-balza en ese mar con techos de chapa y zapatillas rotas. Jonatan y sus hermanos no faltan nunca, ni siquiera cuando están enfermos, porque en la escuela a la mañana les dan un vaso de leche tibia y un pedazo de pan, y  al medio día en la cocina les preparan un plato de comida caliente. Jonatan come siempre todo, y si alguno de sus hermanos deja algo, el se lo guarda en el bolsillo, para la noche.

Las maestras lo quieren, hasta la directora, que parece siempre enojada, le pasa la mano por la cabeza. Tiene los ojos de un negro sin fondo, las pestañas largas y el mirada despierta. Sonríe, y cuando juega a la pelota casi olvida. Y estudia porque quisiera convertirse en doctor y comprarle una casa a su mamá, si es posible con patio, lejos del riachuelo.

Jonatan y sus hermanos, aunque son argentinos desde antes que todos los demás, tienen nombres extranjeros con algunos errores: Joantan, Braian, Jenifer. Son nombres gatillo, que cuando cierran los ojos de noche y sienten hambre y gritos de los los vecinos y gente que corre, los disparan lejos de ahí; nombres pasaporte, que los hacen volar hasta las escuelas progresistas donde padres y madres expertos de nutrición compran pan de diez euros al kilo, con un peso especifico más alto que el plomo de cuántos son ricos de variados cereales. Porque el pan blanco, como el que Jonatan se lleva en el bolsillo para la cena, es veneno. Para no hablar de la leche. Y ojalá fuera retórica.

 

Findelmondani: los habitantes del fin del mundo

Es mediodía acá, en la tierra de los Findelmondani.

El bar tradicional de mi juventud, y también de la de mi padre, está lleno de gente de todas las edades. Adentro ya no se fuma más (muy bien, pero una lástima) y yo soy la única que pavéa con el teléfono.

Algunos dicen que acá la gente no lo use por miedo a los robos. Yo creo que esa sea la excusa que se inventaron, para no tener que confesar el entusiasmo que sienten por mirarse a los ojos y hablar, por encontrar alguno por la calle y darle un beso. Y cuánto se besan los habitantes del fin del mundo.

En ésta ciudad todos parecen vivazmente habitados por sí mismos.