80% móvil de amor

Se estaba haciendo grande y había amado tanto que a fin de mes se tocaba el pecho y le faltaba el aire. En el rendiconto mensual de sus sentimientos le quedaban dos caricias para el perro y algo de compasión por las arañas, que dicen sean tan útiles y buenas.

Hasta que un día alguien le dijo que podía presentar quiebra. Declararse insolvente en cuestiones de amor para que el juez se hiciera cargo de sus deudos y sus deudas, devolviéndole el 80% de sus capacidades amatorias.


Le llevó tiempo recolectar todas las pruebas. Juntar todas las cartas de cada historia. Las primeras siempre perfumadas, las últimas borroneadas por el llanto. Llevó también testigos: la almacenera del barrio dio fe los tiempos en que no comió por la tristeza y el dueño del bar certificò sus soliloquios en tertulias tristes.
Le recibieron todo, evaluaron y lo declararon fundido. Le dieron su 80% móvil de amor limpio de deudas con una condición: tenía prohibido volver a enamorarse. 

Aceptó. Salió  de ahí como si tuviera todas las articulaciones nuevas. Una vez en la calle notó el lapacho florecido, el perfume de un jazmín blanco y el movimiento de las nubes. Se fue casi corriendo hasta el museo que cerraba en media hora y se llenó los ojos de batallas y cuerpos lánguidos desnudos y de naturalezas muertas, vio todos los colores y las sombras y pudo sentir las pasiones que atormentaban las manos de los pintores.


Pasó después por la casa de cada uno de sus amigos y abrazó por un tiempo largo a cada uno de ellos que perplejos recambiaban el abrazo. Se tomó un helado de chocolate con almendras y crema del cielo en su heladería de la infancia y caminó. Caminando observó los rostros de las mujeres, algunas  cargando a sus hijos pequeños, y de los hombres, la timidez, el desparpajo y las risas de los jóvenes, escuchó  retazos de conversaciones al pasar, instantáneas de encuentros, disputas, convenciones.


Al atardecer volvió a su casa y esa hora triste fue de nuevo triste. Triste  en serio. Dolorosa. Un abismo terrificante, la desolación de todos los desiertos juntos, el vértigo que grita tu nombre desde esa hendija que queda entre la luz del día y la oscuridad de la noche. Pensó en tirarse por esa hendija y no volver. Dudó hasta que por fin se hizo de noche y pasó el dolor agudo. 

Tendido sobre la cama miró el techo, se abrazó a la almohada de costado. Se levantó a fumar al patio. La soledad en perspectiva asustaba más que la tardecita. Amaneció. Se preparó el mate, tomó el primero y lo escupió. Daba asco de tan amargo. Pensó un momento. Fumó un tabaco sin filtro, acarició el perro y le rascó la panza. Arrancó un manojo de flores de una planta y desacatando la condición que había aceptado, salió a buscarla.

Esperando encontrarla.

Costara lo que le cobraran.-

Ilustración de Tatiana Brodatch

Español

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