La ropa nueva no tiene drama

Hay días en que uno se levanta, se hace una ducha, y se viste fácilmente. Abre las puertas del armario y agarra sin pensar lo primero que encuentra, pensando en el café con leche, en poner el agua para el mate, anticipando el aburrimiento de la reunión de las diez, añorando ese encuentro a la tardecita, cruzando los dedos e invocando los dioses de los imprevistos para que ningún evento extraordinario lo haga cancelar.

Hay otros días, en cambio, en que vestirse es una tortura, incluso para los que jugamos con tres colores, de los cuales, dos, según dicen los que entienden las cuestiones físicas del reflejo de la luz sobre las cosas y de lo que nosotros percibimos sobre ese encuentro, no son colores.

Anoche soñé que tenía un casamiento, no sé quién se casaba. Y yo pensaba qué lindo sería ir si no me tuviera que vestir. Si pudiera ir con un pantalón de jean y una remera blanca. Porque la remera blanca me hacen sentir bien, es una remera que no distrae ni enmascara, que no me pesa sobre la piel como las cosas negras, es una remera que no habla. Yo no quiero perder tiempo en vestirme, quiero salir a ver cómo están los demás en el tren a la mañana, la chica con gustos raros y la ropa inventada, los señores de traje apretado y zapatos lustrosos, los ruedos cortados con los dientes y deshilachados, los cocidos a mano con parsimonia. Solo no me gustan las personas con ropa nueva. La ropa nueva tiene un anonimato, una dureza, falta de historia y olor a tinta china que se refleja en las caras tristes o enojadas de las modelos en las pasarelas. La ropa nueva no tiene suficiente drama, dijo Charlotte Gainsbourg, que compra ropa en negocios de vestidos usados.

Al final fui de jeans y remera blanca. En el casamiento había una mujer que comía todo lo que traían, sin apuro pero sin parar. Comió todos los panes y los grisines de la panera y cuando terminó preguntó a las demás personas de la mesa si lo que quedaba en el plato con los cubiertos a las diez y diez podía terminarlo ella. La gente le alcanzó los platos que ella fue terminando uno a uno, masticaba educadamente mientras cruzaba alguna mirada y esbozaba una mueca de sonrisa de compromiso antes de ponerse en la boca el bocado siguiente.

Hizo lo mismo con la entrada, con el plato principal y con los dulces. Luego bajaron las luces, empezó la música, todos se fueron a bailar y de a rato volvían a la mesa a descansar o a hidratarse, a mantener o elevar el taso alcohólico. Otros agarraban su vaso y salían sudados al jardín a fumar. El cotillón es un espectáculo terrible si uno no es de esas personas exageradamente alegres por naturaleza y no está en cualquier modo intoxicada. Es la hora en la que los abstemios leen el diario en el teléfono o se van a dormir y nadie se da cuenta.

Cuando llegó la hora de los lomitos y la cerveza, a oscuras y con la música a todo volumen, tan alegre, tan contenta, allá en el fondo en la última mesa en el ángulo, antes de la puerta que lleva a la cocina, estaba ella. Tenia una bandeja de sandwiches llena sobre el mantel y comía lentamente, pero inexorablemente. Pensaba comerme uno, dijo, pero no puedo parar, nunca puedo parar. Quiero comer hasta sentir que no puedo más, que si como algo más mi estómago explota, y en ese momento tomar agua, y que el agua llegue a todos lados y me dé ese hipo chiquito que me indica el limite máximo. Y entonces esperar un rato, media hora, a aveces menos, a veces más, y después comer de nuevo. Comer, masticar, tragar, deglutir hasta sentir la paz narcotizante de los recién nacidos cuando son amamantados, que toman la leche hasta el desmayo, hasta que la paz que

nace de sus pequeños estómagos los llevan hacia un sueño profundo, lleno de amor, esbozando una sonrisa. No sé que me pasó, por qué para mi no fue suficiente todo el que me dieron, el tema es nunca lo es. Hasta hace unos años me vestía, ahora me cubro, saco sabanas viejas de los armarios y armo carpas que me tiro encima para que caigan hasta el piso y tengan espacio para toda la paz que aún me falta comer. Menos mal que no tenés este problema con otras cosas, me dicen, y no sé, si es mejor enloquecer un pulmón, el hígado o las arterias. Pienso que sufriría menos si pudiera ser una adicta a cualquier otra cosa, flaca, invisible y no tuviera este peso de ser la gorda macanuda, decía la mujer enorme y triste mientras las luces que rebotaban en la pelota de espejitos iluminaban la bandeja con puntitos psicodélicos de todos colores.

El despertador interrumpió mi sueño a las 6.23. La falta de romanticismo de los relojes digitales se compensa con la posibilidad de programarlos a horarios que no sean redondos, enteros. No sé que tiene eso de bueno en sí, pero a mi me entretiene más que vestirme. Afuera llovía, otra vez, confirmando el inicio de la estación de mi sobretodo verde, del cual perdí las tiras de los pulsos, una se me cayó en una entrevista a un pintor y nunca la fui a buscar, y la otra se me salió en casa y estará en el agujero negro donde van las medias solas, los lápices con punta y las biromes que funcionan.

Me levanté, las desperté a todas, después de acompañarlas a la escuela tenía una reunión y pensé «qué me pongo», lo importante es que los zapatitos no aprieten y las

medias no den calor. Sí creo sea aconsejable que algo nos tenga locos de amor. Que sea el vecinito de al lado, como en el canto infantil, o una buena causa, las letras, la música, los astros, un deporte, una ausencia por mantener presente, una pregunta. Cualquier cosa que nutra ese amor que a nadie le basta, que buscamos como cachorros abandonados en el bosque imaginario de nuestra soledad profunda y le ofrecemos nuestros excesos, exacerbamos la alegría con bonetes, trencitos, serpentinas y matracas, y nos ofrecemos excedidos, solos, desnudos frente a un armario abierto, lleno de cosas que nos incomodan, o nos tapan, o que tienen la dura tarea de tratar de mostrarnos como aquello que no somos. Pensando en ésto me encontré ya vestida con un pantalón de jean, una remera blanca y mi sobretodo verde lleno de otoños colgado de la silla en la cual estaba sentada a la mesa de la cocina mientras afuera llovía, yo me cebaba un mate y pensaba qué palabras podría usar para contar éstas cosas en la reunión, donde lo que a mi me importa no será lo que me ponga, sino mi amor enloquecido por la prosa que cuenta sobre los sueños, las ausencias y las cosas.-

Nota publicada en el Diario UNO del 03 Noviembre 2019

Ilustraición de Tatiana Brodatch

Español

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