Una lluvia inusual

El sábado había empezado a llover, algo normal en otoño. Lo raro sería que haya truenos, relámpagos, viento, que llueva con ruido y por mucho tiempo. Generalmente son chaparrones educados, circunscriptos, cosa de poder mirar llover con pose nostalgica por un ratito, sin siquiera tener que cerrar las ventanas, pensando en cualquier cosa con el teléfono cargado en la mano. La justa dosis de melancolía para una ciudad, más que nada, apurada, que se ilusiona con poder ordenar el caos, poco introspectiva, educada, donde la gente no se mira a los ojos en la calle sino es para insultarse en medio al tránsito, o para insultar un ciclista que va por la vereda, o para escarmentar un niño que te pasó cerca en monopatín o que va haciendo jueguitos con la pelota, mientras tendríamos que mirarlos con estupor, con gratitud, con cierta pena.

En cambio éste sábado fue distinto, empezó a llover y no paró en toda la noche, seguía
lloviendo el domingo cuando me desperté, y al ruido triunfal del agua sobre los techos de tejas de los edificios se sumaban truenos y relámpagos. El agua empezó a entrar por las ventanas cerradas así nomás, los techos se llovían por pequeñísimas grietas que nunca antes habían dado problemas, porque el caudal de agua no ameritaba. De nada valió que los que soplan las hojas de los arboles en las veredas a las 6 de la mañana, despertando los vecinos que podrían dormir un poco más, hubieran hecho todos los días ese trabajo por el cual sentían a lo lejos, no obstante el ruido ensordecedor de sus maquinas, los insultos de los bellos durmientes: los desagües de la ciudad no dieron a basto y se taparon igual. Se inundaron los sótanos de los edificios, donde la gente guarda cosas que no les importan pero que no quieren tirar, cosas viejas, feas o rotas, cosas inútiles por las cuales, cuando salga el sol, pedirán indemnización. Alguien tiene que pagar. Que sea el edificio, el dios de la lluvia, los ingenieros que proyectaron los desagües angostos. Pobre gente nosotros, malcriados por una ciudad que funciona, donde los colectivos, los subtes y los tranvías pasan a horario. Pobres todos aquellos que no fueron educados a lidiar con las sorpresas, con los inconvenientes, que no perdonan los errores, que escupen sobre lo que no comprenden y queman los libros que no tienen ganas de leer para que no delaten su ignorancia.

Llovió todo el domingo y seguía lloviendo el lunes. Tuve ganas de no mandarlas a la escuela, pero ya estaba despierta desde temprano, escuchando ese ruido a Paraná, tanto valía dar inicio a ese día complicado, inusual.

Salimos de casa tarde porque somos cuatro, y, a turnos, cada alguna de nosotras saliendo se daba cuenta de haber olvidado algo y volvía al rescate, quién de las monedas para la merienda (acá aún las monedas alcanzan para eso), quién de la mochila con los libros, según el nivel intrinseco de distracción. Yo, por ejemplo, me olvidé el paraguas pero no quise retardar toda la banda, total no hay mucho que caminar, pensé equivocadamente, y allá fuimos, esquivando los charcos saltables y sumergiéndonos en los ineludibles para felicidad sin límite de la más pequeña.

El tranvía demoró mucho en venir y llegó lleno como no lo está nunca. Subimos como pudimos y nos apretamos entre la gente. Llegando a nuestra parada e indicando la puerta del medio por la cual se debe bajar digo “vamos”, decidida como solo una madre de tres mal dormida en un dia de lluvia torrencial sobre un tren amotinado puede serlo. Pero nosotros estábamos en el fondo y la muchedumbre amplificaba la distancia hacía la puerta por donde debíamos bajar. Mi hija pre adolescente, haciendo honor a su condición, propone romper la regla y dice “bajemos por acá, ¿por una vez, qué va a pasar?”. Pasó que nadie tocó el timbre, e increíblemente un lunes a las 8 de la mañana no hubo nadie que esperara para subir en esa parada, en la puerta por la que no se baja no hay timbre, así que el tranvía, no paró. Bajamos en la parada siguiente por la puerta correcta en el momento exacto en que la lluvia se intensificó. Nos fuimos mojando, qué digo mojando, nos fuimos empapando desde la cabeza hasta a los pies, tanto que terminamos riéndonos, pateando charcos, cruzando sin apuro bajo la mirada atónita de los conductores nerviosos, y llegamos a la escuela como si nos hubieran tirado a la pileta vestidas de un día de otoño.

Las saludé y me fui bajo la lluvia a esperar el tranvía de regreso. Una calle tenía agua de cordón a cordón, dando a las veredas un aspecto veneciano. Llegué a la parada y encontré lugar bajo el techito. En la calle, poco antes de la parada, estaba el camión de la basura, inoportuno como siempre, necesario como siempre, bloqueando el tranvía que esperaba detrás. Los recolectores se pusieron impermeables amarillos de goma con mucha calma y empezaron a recolectar las bolsas que los porteros de los edificios y los propietarios de los bares de la zona habían acumulado para ellos en la vereda la noche anterior.

La parada estaba llena de gente, algunos bajo el techito, otros afuera con los paraguas abiertos que les hacían una cortina de agua personal todo alrededor. Todos se lamentaban en voz alta de la lentitud de los recolectores, de los automovilistas que nos salpicaban con indiferencia, de la falta de infrestructura, del cambio climático, de la tala de árboles indiscriminada, de la porquería que eran los paraguas con los que los vendedores ambulantes te estafan los días de lluvia, paraguas que veremos despatarrados en los tachos de basura apenas salga el sol. Un poco los entendía. Los minutos con la ropa húmeda y los pies mojados parecen más largos de lo que son. En ese momento miré a mi izquierda y vi un señor morocho, de rulos que estaba sentado con las manos en los bolsillos a los costados de una panza prominente, esperando como todos. Me miró, sonrió hasta con los ojos, y me dijo con acento extranjero “¿No es hermosa, señora, ésta lluvia? Mire -dice mirando hacia arriba- mire los árboles que lindos que son recién lavados, y qué lindo aire se respira.” Habrá estado un poco loco, habrá venido del desierto o perdido todo con una sequía. O simplemente no habrá olvidado, creciendo, cómo encarar los días. Habrá estado un poco niño, pensé, y lo miré con estupor, con gratitud, con cierta pena, le sonreí y le contesté sinceramente “Tiene razón, señor, es todo muy hermoso”. Él se levantó, me saludó con un gesto como sacándose un sombrero imaginario, y caminando bajo la lluvia en una Milán que sonaba como Paraná y se veía como Venecia, se alejó.-

Publicado en el Diario UNO el 27/10/2019

Ilustración de Tatiana Brodatch

 

 

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