En linea de aire

El domingo tenía que llegar hasta un lugar que distaba seis kilómetros de mi casa. Seis kilómetros en linea de aire. Seguramente ya lo he dicho, porque vivir es repetirse continuamente, y escribir es luchar para que no se note. Pero a mí ésta cosa de la linea de aire es de esas pequeñas cosas que podría ignorar y en cambio me generan una pequeña furia que se consuma sola rápidamente, como un fosforo. ¿A quién le sirve éste dato de la linea de aire, me pueden decir? ¿Acaso hay gente que planea la ciudad en parapente? ¿Es un dato para el hombre araña de la puerta de al lado?

En linea terrestre, en la cual yo, banalmente, me muevo, eran siete y algo. Me esperaba un músico al que tenía que entrevistar.
Salgo de mi casa, y lo de siempre, en la calle y en mí: una maratón y yo encerrada. Ésta vez era la maratón,(bah, la corrida, porque la distancia no gradúa para maratón), anual de una radio famosa, que fue de las primeras en tener esta idea genial de cortar todas las calles los domingos, para que gente con dolores articulares debidos al sobrepeso y la vida sedentaria, minada de malos hábitos y peores posturas, saliera a hacer retumbar sus carnes flojas contra el pavimento, amortiguando el golpe con zapatillas dotadas de cámaras de aires y geles, calzas ajustadas y remeras fosforescentes.

Fueron los primeros y ahora cada dos por tres vez con terror que los sábados llegan los camiones que van amontonando vallas en las veredas y ya sabes que el domingo será un infierno. Quienes tienen adonde ir (y no corren) escapan antes de que empiece la fiesta y vuelven cuando ya apagaron la musica super alegre, terminaron el agua, se evaporaron las endorfinas y el camión vuelve a recoger las vallas. Los que se quedan y son organizados, sacan el auto de la zona afectada antes de que los vigilantes les impidan hacerlo, y lo dejan a todos los metros de calle necesarios a mantener el auto libre de hacer aquello para lo cual fue construido: dejarse conducir permitiéndote así trasladarte por la ciudad de manera independiente y relativamente velóz.

Yo no estoy en ninguno de los dos grupos. Así que cuando salí de casa y vi todo ese fosforescente esparcido por las calles me di cuenta que ya era tarde para llegar a horario. En la parada de los tranvías que pasan por mi casa el cartel luminoso que indica cuánto falta para que pase el próximo, decía suspendido. Sin emoticons. Llamé un taxi y cuando dije la dirección, colgaron. Así que avisé que llegaría tarde y empecé a caminar, pensando dónde podría tomarme algo que se moviera más rápido que yo.

Cuando me hice una idea del recorrido de los Forrest Gump del domingo me dispuse a cruzar la avenida por donde ellos pasaban. Llego a una esquina donde había gente esperando para cruzar y me alisto entre sus filas. Familias con cochecitos y niños de la mano, ancianos, de todo un poco. Cuando vi que nadie se largaba, caminé hacia un extremo, donde habían tres policías custodiando las vallas. Vaya vaya.

-Permiso…
-Señora, no se puede cruzar.

-¿Cómo que no se puede cruzar?
-Y no, tiene que caminar hasta alla, ¿ve allá al final? Ahí puede cruzar.
-Pero no, cómo voy a ir hasta allá.
-Y… por acá, no se puede. Por acá pasa la maratón.
-Sí, la maratón va para allá -digo indicando la derecha con la mano derecha- y yo voy para allá -digo indicando hacia adelante con la mano izquierda.
-No se puede, señora, mire cómo vienen los atletas – dice el policía tratando por las buenas de hacerme razonar.

Miré y alla venían, al galope destartalado cuales caballos viejos y apaleados, un montón, pero mucha gente, la mayoría gente común como yo nomás. Casi me muero de risa.

-Pero comandante -me mira raro- ¿general? – dije y desistí. Nunca se me grabó la división de cuerpos y rangos – yo paso, los esquivo, ni que fuera una carrera de formula 1.

Miré hasta que vi que la masa tenía algunos puntos de luz, me agarré de las tiras de mi mochila, y me lancé, regulando la velocidad, de caminata lenta a trotecito de vieja, y los fuí esquivando hasta que llegué a la mitad de la avenida. Estaba a salvo atrás de un cono de cemento. Y tuve miedo, porque ellos me miraban mal, indignados con este maldito peatón irreverente, ¿mirá si decidían pisarme y pasarme por encima? Eran 7000 los que se habían inscripto, pesados como eran. Imaginé mi computadora exhalando su ultimo respiro con los auriculares despatarrados a su lado, con los cablecitos todos salidos. Tenía que salir de ahí, tomé coraje, calculé el momento idoneo, y me lancé hacia el último tramo de mi maratón personal. Y lo logré, logré salir de la jaula de la salud y la ecología y las iniciativas ciudadanas y me fui a buscar un colectivo.

Llegué tarde pero mi entrevistado no se molestó porque él también había llegado tarde, por culpa de una manifestación preciosa en otra zona de la ciudad, por la cual habían cerrado el paso en un radio de 4 kilómetros (es decir, 8 kilómetros en la linea de aire de su diametro).

Nota publicada en Diaro UNO el 26-10-2019

Ilustración Tatiana Brodatch

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