Con alma de carnaval

Cuando era chica yo tenía un tío preferido, mi tío Pedro que es el hermano menor de mi madre. Mis abuelos maternos vivían en Gualeguaychú y además de visitarlos seguido durante el año, en las vacaciones de verano pasaba un tiempo en la casa de ellos. Mi abuelo nos armaba la pelopincho en el patio que tenía la galería con baldosas, pasto verde espeso, rosales al costado, y en el fondo la sombra fresca del níspero y de las enredaderas que mi abuelo regaba de tardecita. Tenía también una parrilla y una piecita que llamábamos el galpón, ese era el reino de mi abuelo y el lugar donde se hacían las frituras.

Mi abuela tenía los ojos como el cielo, era hija de alemanes y hablaba con un acento raro que hubiera querido imitar, me tenía en brazos a la noche y me cantaba una canción navideña en alemán que me sonaba dulce, cocinaba pizza casera, tortas alemanas, y preparaba té de manzanilla después de la cena. Para cada alimento su tiempo, para cada comida su especia. El armario donde ella tenía las sabanas y las toallas perfectamente dobladas, que perfumaban a sol y jabón blanco, es un lugar en el que iría ahora mismo, que no es un gran día, a esconderme si pudiera.

Mi abuelo, hombre de río y de pocas palabras, equilibrado y sabio. Se levantaba de la siesta y pelaba naranjas en el patio, comía y convidaba naranjas hasta no querer más, sin ninguna charla sobre beneficios o vitaminas. Desenredaba redes de pesca o embrollos de hilo trasparente sentado en un banquito, abriendo el enredo con calma, con tiempo, con paciencia. Y cuando el calor aflojaba me llevaba de la mano a la heladería y saludábamos sus amigos.

Venecia me regaló hace un par de años los ruidos de las noches de mi infancia en Gualeguaychú, cuando dormía en la habitación con la ventana a la calle, y sentía los pasos de las personas acercarse desde lejos, pasar frente a mi ventana hablando bajo, y perderse mas allá otra vez para siempre.

Mi tío Pedro era mi felicidad, era joven como un hermano mayor pero grande como un padre joven, tenía rulos, ojos celestes y estaba siempre de buen humor y apurado, y cuando jugaban al truco con mi papá, mi abuelo y mi tío Carlitos anotaban los puntos con fósforos o con porotos y se reían muchísimo. Y cuando la risa se agotaba, mi abuelo repetía el remate del cuento anterior y se reían otra vez.

Mi tío tenía una novia que me caía bien, así mismo el día que se casaron me puse triste. Yo tenía 8 años o quizas 9, y estaba triste sin entender bien por qué. Para colmo se escaparon de la fiesta, como se usaba en aquellos tiempos: yo salí del salèon a un pasillo y los ví que se iban corriendo, escabulléndose sin que los invitados los hubieran notado. Cuando me vieron ellos sonreían, yo no, y Ana mi nueva tía me leyó el corazón; se pararon a saludarme y me regaló sus guantes de encaje blanco, sus guantes de novia, que esa noche me salvaron y que atesoré durante años. Era como si me hubiera prometido algo con ese gesto que calmaba mi tristeza.

No sé que habré pensado, ¿que desde ese día los hubiera tragado la tierra o los hubieran raptado los extraterrestres? La cuestión es que cuando volvieron del viaje de bodas fue una gran sorpresa: seguían contentos, seguían siendo ellos, y me seguían queriendo.

Mi tío ya no estaba más en la casa de mis abuelos, y ahora yo tenía otra casa donde ir, casa que además tenía la particularidad que la habían construido parecida a la de mis padres. Ir a la casa de ellos era encantador. Mio tío era el de siempre, pero descubrí además que le gustaba ver películas, y a la siesta en verano nos sentábamos en la puerta a esperar que pase el heladero. Mia tía fue el nuevo mundo por descubrir. Un terreno, que era la entrada al tinglado donde se guardaban los autos y donde al costado ponían huevos las gallinas, estaba la casa de Cipriano y Dominga, los padres de mi tía, donde vivían otras dos hermanas y dos hermanos que aún habitaban ahí, aunque faltaba poco para que también ellos se fueran a sus nuevos hogares.

Ana y sus hermanas eran maestras, y es como un ensueño recordarlas jóvenes, tomando sol en el patio de la casona grande, preparando las clases, corrigiendo cuadernos y exámenes. Era como estar en detrás de las bambalinas del show más importante y duradero de la infancia, viviendo con las estrellas. Don Cipriano a la mañana me llevaba a recoger los huevos que habían puesto las gallinas, y Dominga que sonreía siempre con una mirada picaresca, para uno de mis cumpleaños, en las vacaciones de invierno, me hizo una torta con forma de conejo.

Una domingo yo estaba en la casa de mis tíos, y al mediodía estábamos todos invitados a almorzar a la casa de Dominga y Cipriano. Iban todos los hijos más las novias, novios, algún sobrino, algún pariente. Mucha gente, un tablón agregado a la mesa, y Dominga que servía los platos con pollo, puré y arvejas en medio de una alegre algarabía, cuando yo tiré sin querer mi plato al piso y lo vi romperse, las arvejas desparramarse por todos lados, no así el pollo y el pure que se quedaron tranquilos sobre una sola baldosa. Tenía 9 años, me dio verguenza, se hizo un segundo de silencio cuando se sintió el ruido de vidrio roto, y Dominga me miró sonriendo sirviéndome ya otro plato y me dijo “no pasa nada querida, es solo un plato, sucede a todos” y alguien me acercó mi silla y me preguntó si quería agua, y todos siguieron hablando, y alguien limpió el piso. Y yo no tuve más verguenza.

Pasaron tantos años, Pedro sigue siendo mi tío preferido y con Ana tuvieron cuatro hijos que hasta ahora les han dado dos nietos; mis abuelos ya no están, y Dominga y Cipriano preparan almuerzos para familias cada vez mas numerosas.

Muchas veces me pregunté por qué me quedó tan grabada ésta imagen de las arvejas, si también mis padres eran comprensivos y sensibles, y nunca me hubieran avergonzado por algo así. Por qué me viene a la mente hoy, un día en que el mundo me parece hostil y caprichoso, fingido hasta el ridículo, y complicado hasta la estupidez.

Y creo que me viene en mente hoy porque tuve la fortuna inagotable de haber encontrado gente buena también afuera de mi casa, buena y simple, de buenos modales, de ánimo gentil, cercanos a la tierra, a las cosas verdaderas, al calor de los afectos, a la corrección de los cuadernos que no quita la benevolencia hacia los errores, que son de lo mas humano que tenemos.

Y me ayudan a perdonarme y a perdonar, a darme coraje, a creer que el mundo puede ser un lugar bueno, con una sombra fresca y frondosa gracias a nuestro riego, aún si es una planta a la que le hemos dado fuego. Me recuerdan que a un niño le basta una mano que lo lleva a pasear por el barrio, una torta para el cumpleaños, la falda de una abuela que canta la canción que siente suya, un regalo que sea algo proprio e importante que se da como declaración de cariño y como promesa, un tío que te regala una musica distinta a la que venías escuchando, en mi caso un casette suyo de UV40. Que para liberar los nudos hay que hacerles espacio, y que si son demasiado raros, complicados y han sido apretados y abrirlos se hace imposible, hay que cortar por arriba y salvar lo que queda. Que Gualeguaychú y Venecia son hermanas y son la casa de mi alma, ciudades con con agua, pasos que resuenan, y alma de carnaval. –

Nota publicada en el Diario UNO de Entre Ríos

Ilustración de Tatiana Brodatch

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