Charla con el Aburrimiento

“En la vida hay cosas peores que la muerte. ¿Pasaste alguna vez una tarde con un asegurador?

Woody Allen

Hola, soy el aburrimiento. Ese que te persigue durante el año y te asusta de vacaciones. Que ocupa hasta la última calle de todos los pueblos a la hora de la siesta. 

Aburrimiento. Aburri-hambre, decía un niño abriendo una alacena. Porque el hambre y yo, el aburrimiento,  vamos de la mano y te hacemos suspirar y engordar.

Yo era uno de los antiguos dioses, generador de pensamientos nuevos, de obras detalladas, enormes, magníficas, hasta que el monoteísmo me convirtió en mero sustantivo, posible verbo para que lo actúen los demagogos y en adjetivo para los aseguradores de Woody.

Estoy en los primeros puestos de la tabla de generadores de producto bruto interno. Los negocios están desbordados de cosas para evitarme, comestibles y no comestibles.

Soy el Aburrimiento y frecuento algunas fiestas y cenas de viejos compañeros de escuela. Desencanto los recuerdos, enmudezco expectativas. Acaricio con mano maternal las cejas de los dueños de casa hasta que cabecean de sueño. Y me río. Porque hasta que el último invitado no cruce el umbral, no se puede ir a dormir.

Me enfilo entre las personas cuando se presentan o, lo que es peor, las presentan. Y en ese momento solo los más antropologicamente curiosos llegan a ignorarme.

Me gusta ir a misa, la de las 6 si me levanto a tiempo. Porque verás, querido lector, mientras en las escuelas mi presencia no es grata, igualmente está contemplada en el programa. En cambio en misa, no. Allí fingen no verme, y entre los salmos y las liturgias me enredo entre las manos que juegan con los anillos, y le soplo la oreja a los de cara más compungida. Hay gente que parece hecha de gusto para que yo pueda desplegar mi cola real y aburrirlos.

Soy el útero fertil de todo pensamiento impuro.

Están, luego, las fiestas infantiles. No me pierdo una. Dejo en paz los niños, que siempre se divierten, excepto uno. Siempre hay uno que se sienta al lado mío, ese que no quería ir, que tenía otra cosa que hacer, que es tímido o no puede comer dulces (los dulces, y en general las comidas y el alcohol son los motivos preponderantes por los cuales se soportan algunas celebraciones). En las fiestas infantiles yo apoyo el mentón en los hombros de los padres y madres dispuestos en pequeños círculos con un vasito de plastico en la mano.

Viajo en los asientos traseros de los autos donde patrocino letanías como ¿cuánto falta? Tengo hambre ¿Ya llegamos?; azuzo peleas y disputas por centímetros de asientos y debates interminables de derecho internacional por el lugar al lado de la ventanilla. Los niños quisquillosos son los mejores para mis planes, porque a ellos les da fastidio hasta el respiro demasiado cercano, entonces hago estornudar alguno, y hete aquí un viaje memorable.

Desde el asiento trasero manejo la radio con tres canciones terribles que hago pasar en todas las frecuentcias por todo el verano, y que terminarán cantando también ustedes en su mente y contra su voluntad.

Yo soy el aliento de vida que hace volar las moscas, con su probóscide, sus cinco ojos y su fetichismo escatológico, y los mosquitos, potenciales mini tanques de virus, ámbos sin funciones de polinizació son, sobre todo, molestos y guiados por mí. ¿O pensaban que era casual que volaran  siempre cerca de las orejas, teniendo todo el cuerpo a disposición?

Estoy allí donde hay un botón demasiado apretado, una piedra en el zapato, el primer dia de un cajero, una conversación de compromiso, estoy en esa anécdota dicha cien mil veces, en la rueda pinchada, en las descripciones demasiado largas, los prólogos y los agradecimientos.

Otros sentimientos menos resistentes al tiempo, como la pasión y la diversión, me ha preguntado cómo me mantengo. Logicamente, hago una vida sana, como sin salsas ni picantes, duermo bien, en camas donde no hay saltos ni sobresaltos, donde hice pudrir las manzanas del pecado que tiré en el bidón del orgánico. En esas camas hago roncar a uno y le congelo los pies y las nalgas a la otra, así después pueden salir a aburrir reuniones contando éstos detalles conyugales trillados en la sobremesa.

Vivo en los teclados del mundo entero y en estos tiempos, debo confesarles, me divierto más que nunca. Hay teclados aporreados en todos los ángulos del planeta, con dedos dis-ortográficos (todos éstos nuevos términos, todos los dis-algo, los inspiré yo, para molestar nomas, complicando las nomeclaturas, hiper diagnosticando las diferencias) y cerebros que poco han leído, donde puedo dar lo mejor de mi para aburrir a los que aún leen.

Soy también una cosa auto-inmune. Ataco de ésta manera aquellos que me caen bien y que veo un poco bloqueados. Empiezan a sentire apretados dentro de sí mismos, se aburren de sus propias vidas y los llevo hasta la exasperación, así hacen algo: Cambian.

Otro lugar que adoro, como dicen ahora las modelos, son las reuniones. Decí “reunión” en cualquier empresa y vas a ver cómo en las personas circula un escalofrío de terror, el pavor reunionis. De un estudio emerge que, en los momentos mas aburridos de una reunión, la gente en su mente dobla con su propia voz las palabras que esta escuchando para no aburrirse tanto. Disculpen, me salió el agua por la nariz, no tengo que tomar cuando me río. Pero qué disparate las cosas que se inventan. ¡En las reuniones no es posible evitarme! ese es mi reino: vos sos un huésped, el que habla es verborrágico, no podes mostrarte distraído, ves todos que toman notas y no podes reírte. Agradecé si no te hago caer de la silla, doblador.

Luego hay lugares donde no no entro. En algunos porque no puedo, y e otros porque no quiero. Porque aún para siendo el Aburrimiento se puede conservar un cierto decoro (se ve que pasé mucho tiempo con los poetas, eh?)

Entre los enamorados, por ejemplo, es muy difícil meterse. Oscar Wilde escribió que “el amor es un acceso de fiebre que termina en un bostezo”. Bueno. A la hora del bostezo llego yo, pero antes, mientras tienen fiebre, para los enamorados no existe el tiempo, y esta falta para mí es un gran problema. Ellos, o están amándose en una dimensión paralela, o están separados regodeándose en la distancia, recordando el pasado y anhelando el futuro juntos, es decir, en cierta medida están sufriendo. Y quien sufre, no tiene tiempo para mí. Y yo con ellos no me meto. De hecho, frecuento poco los hospitales y solo en las zonas burocráticas, y nunca me subí a una ambulancia. 

Con los animales en cambio no llego a hacer nada. No hay caso. No se aburren. Esto demuestra que para aburrirse es necesaria un mínimo de intelig…¿Cómo? ¿Que su gato es mucho más inteligente que bla bla bla? Bueno, reformulo: esto demuestra que un minimo de conciencia de sí mismo es requisito excluyente para que yo, el Aburrimiento, pueda actuar.

En fin, esta es mi vida. Muchos me evitan freneticamente, otros exclaman mi nombre con fastidio, o en voz baja. Pero a mí no me molesta. Tengo la autoestima (cosa que también inventé yo, y llené las librerías de manuales) intacta. Porque sé perfectamente que si no fuera por mí, no existirían las creaciones más hermosas, los inventos mas disparatados, el primer pensamiento que nadie antes había pensado. Porque para crear se necesita sí, el genio, pero también se necesita tiempo y aburrimiento, terreno fértil, motor que lleva adelante del deseo de desear.

Si me ven por ahí, ya saben como reconocerme. Guíñenme un ojo, digan algo poco correcto o escandaloso, tiren una zapatilla al aire, rompan las formulas de cortesía sin dejar de ser corteses y háganse venir el hipo en las reuniones. Denme espacio para luego darme batalla y nos vamos a divertir como locos. 

Nota publicada en el diario UNO del 29/09/2019

Ilustración de Tatiana Brodatch

Español

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