Charla con La Culpa

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Buenos días a todos, gracias por haber venido hoy domingo a ésta conferencia del Ciclo de charlas motivacionales.

Soy Culpa, sí, esa La Culpa… está bien así, no se paren. No, por favor, no se arrodillen tampoco, quédense tranquilos ahí sentados. No los voy a saludar uno a uno porque se nos va a hacer de noche, y acá ya nos conocemos todos – dice guiñándole un ojo a un señor de la primera fila – y quiero contarles un poco de mí, de mi historia, y de las dificultades que estoy encontrando en la era de las redes sociales.

La Argentina es un país donde siempre he vivido bien: pude crecer, progresar y poco a poco llegar a todos los hogares y, en cada hogar, a cada uno de sus integrantes. La Argentina es mi lugar preferido después de la mente de Woody Allen y de las madres primerizas. Bueno, también en los confesionarios lo he pasado de mil maravillas: Por mi culpa, por mi culpa, ¡por mi Gran Culpa!… Era música celestial para mi oídos. Estos oídos magníficos que la naturaleza me ha donado, los cuales me permiten oír, y debidamente castigar, hasta los más recónditos pensamientos.

El psicoanálisis me dio una gran mano también, gracias a Segismundo y su interpretación de los chistes, los lapsus y los actos fallidos. Gracias a ellos, yo, la Culpa, pude hacer mi trabajo cuando la gente simplemente se equivocaba. No, no, no querido, ¿cuál “me equivoqué”?, ahora me explicás, se escuchaba en medio de una cena romantica a la luz de las velas.

Gracias a Segismundo, la gente -es decir, ustedes, queridos espectadores- empezó a ofenderse por los chistes sin necesidad de que yo tuviera que intervenir explícitamente. Fue el declino total de la ironía liberatoria, de los sobrenombres creativos inspirados en extravagancias, desperfectos u omisiones físicas. Ojo, la ironía divertía también a mí, y eso debilitaba mi poder, el poder de la Culpa. La gente se andaba riendo como si nada, los pelados retrucaban, las nenitas anteojudas inventaban cosas sobre las antenas en los techos y decían “yo seré anteojuda pero vos no ves bien”.

Me salvó la revolución industrial. Les hice sentir culpa gracias a Poco. Todo es poco: trabajan poco, producen poco, ganan poco, menos de cuánto quisieran. ¿Cómo dice señor? ¿Trabajan mucho? Entonces se divierten poco, están con los hijos poco, compran poco en relación a cuánto trabajan.

Debo decir que también el tiempo siempre ha estado de mi parte. Soy uno de los pocos sentimientos -el sentimiento de culpa- que con el paso del tiempo no se hace más manso, dócil, invisible. Yo, con el tiempo, excavo, corrodo, hago transpirar, hiper ventilar, caminar como cangrejos sobre vuestros pasos, corriendo para atrás en busca de una redención que no llega. Porque no existe, y porque en el fondo yo tampoco existo por mí misma, soy una invención de ustedes, muy bien lograda, que los exime de tomarse la Responsabilidad.

Yo a Responsabilidad la conozco, y le gané por goleada. Cómo, se preguntarán. Era una sobona, Responsabilidad. Eramos chiquitas, estábamos en la escuela, después nos íbamos a casa y ella se ponía a hacer los deberes. Vamos a tomar la merienda – le decía yo – mientras vemos Carozo y NarizotaNo, me decía con ojos de ciervo (que son grandes, tiernos y brillan en la oscuridad), ella no quería tomar la merienda ni ver televisión hasta que no hubiera terminado los deberes.

Una tarde invitamos varios a amiguitos a casa, ella los invitó a hacer los deberes. Mientras estaban sentados a la mesa con todos los cuadernos las gomas y los lápices desparramado, yo pasé con un vaso gigante de leche bien fría con chocolate y pan con dulce de leche, prendí el tele, y bueno…lo demás es historia conocida. Ella se quedó con uno solo haciendo los deberes, que demoré dos semanas más en convertir. Bastaba volver mal a casa, decir que no habían podido, que no lo habían logrado, y que no lograrlo les hacía doler la panza, y al otro día lo mismo pero en la escuela. Y así Responsabilidad se fue quedando sin adeptos, y yo, la Culpa, lo anotaba entre mis huestes.

Cuando hube convertido casi toda la población (menos algunos que son inmunes sea a mí que a Responsabilidad), no hice más que complacerme. Las universidades de psicologia me pasaban

todos los años una cifra a porcentaje sobre la cantidad total de inscriptos. Cifra que, entre los nuevos inscriptos más los estudiantes crónicos, me hizo increíblemente (vergonzosamente, dirían ustedes, culposos) adinerada.
Los psicoanalistas en ejercicio de la profesión, también depositaban su parte. La población llegó a tener la cantidad más alta de psicólogos por cantidad de habitantes. Saquen cuentas.

De mí, nadie escapa. Estoy en todas las puertas de salida, hasta en las de emergencia señaladas con luces verdes tranquilizantes. Puerta que abran me encontraran ahí, apoyada contra el marco fumando un cigarrillo, recordándoles sin palabras que “yo podría haberlo hecho mejor”. No yo, claro, yo solo soy la culpa que les canto al oído que hubieran podido haberlo hecho mejor.

Pero bueno, así como no todo lo que brilla es oro, no todo lo opaco es chapa, y yo algunas cosas buenas les he dado. La teatralidad, por ejemplo, que los distingue e identifica. Han superado al italiano que los parió con las novelas. Y si no me creen, cierren los ojos y recuerden el “yo no fui” de un responsable, y el “yo no fui” de un culposo. Mi pollo, el culposo, te jura por su madre se besa los dedos amenaza de infartarse de matarse llora se raja la remera le da la culpa a otro y al final, con maestría, se enoja, se ofende, pega un portazo y se va. ¿Eh? Donde van a tener estos shows si no es conmigo. Después le cambian la cerradura, deja de bañarse, se entrega a la borrachera triste, escribe canciones, poesía o grafitis en la puerta del baño de la estación de servicio, y recuperaba la dignidad de paria o algo así, que alguna de la cruz roja emotiva se va a encargar de rescatar e inicia un nuevo ciclo.

El tema es que ahora, con las redes sociales, me han dejado de lado. Todos quieren parecer lindos y contentos, y eso no me favorece, pero además, es un engaño. Yo los conozco a todos, les doy el beso de la buena noche antes de dormir, sé cuantos ángulos probaron antes de acallar esa mueca delatora, cuantas veces hubieran querido confesar el malestar pero después pensaronquién te juna con un pié de foto que diga “tengo el corazón encajado en una morsa”. En las redes ahora quieren mostrar el desparpajo y la alegría, abolir la culpa, abandonar con un whatsapp, dejarse al primer desencuentro. Todo sin mí, todo sin Culpa.

Estoy acá para decirles que no los voy a abandonar sin luchar, y que ustedes podrán abandonarme solo haciéndose grandes; porque el antídoto para la culpa no es el desparpajo enloquecido y la sonrisa forzada, la solución es mi compañera de merienda de la infancia, la sobona, un poco aburrida, que se hacía cargo de sus tareas y después se divertía. Si ustedes crecen, verán luego con quien eligen merendar. Si no me eligen, no se preocupen por mí, -dice sollozando- voy a estar bien, voy a sufrir, claro, pero pensando que fue lo mejor para ustedes -se sopla ruidosamente los mocos-,y voy a llamarlos cada vez que estén contentos, para decirles con voz quebrada cuánto me alegra, aunque no se me note, aunque no parezca, vuestra felicidad. ¿Eh? Qué me dicen, éstas escenas las enseñaba en manipulación 1. Pero bueno, se nos acaba el tiempo a disposición.

Señoras y señores, la Culpa se despide de todos ustedes, ha sido un gusto (aunque confieso que he visto públicos mejores) igual… ¡nos vemos en la primera ocasión que se nos presente! Quizás ahora mismo, a la salida, basta recordarles que mañana es lunes.-

Nota publicada en el Diario UNO de Entre Ríos

Ilustración de Tatiana Brodatch

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