Arquero

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“Te largan a la cancha sin preguntarte si queres entrar. Por si fuera poco, de golero: toda una vida tapando agujeros.”

Brindis por Pierrot – Jaime Ross

Mis hermanos mellizos jugaban al futbol. Uno y dos, arquero y defensor (del arquero). Me llevaban a ver los partidos. Nos sentábamos en los grandes escalones de cemento desde los cuales, en invierno, subía un frío que te daba la vuelta al alma y bajaba por la nariz.

Pero antes de acomodarnos comprábamos girasol. El vendedor las rescataba de un tacho con una cuchara de metal, que hacía un ruido corredizo y musical a contacto con las semillas, y las ponía adentro de un cono de papel de diario. Te sentabas, alguno te pasaba por adelante y se acomodaba por ahí cerca con el mate bajo el brazo. Mientras tanto agarrabas una semilla y te la llevabas a la boca distraídamente, sentías la sal de la tostadura activar las papilas, la bloqueabas en vertical entre dos muelas y clak, golpe seco y saltaba la pepita, a veces chiquita y medio seca, otras mas pulposa, y antes de masticarla escupías la cascara mientras los dedos de la mano ya buscaban otra entre las mas redondas.

Entraban los jugadores a la cancha. Locales y visitantes nacían de los vestuarios. Saltaban llevando las rodillas hacía el pecho, corrían lateralmente como nos hacía hacer la señorita Maria Marta en segundo grado, quebraban la cintura, porque si para manejar hace falta muñeca, para jugar hace falta cintura. Y pies. Alguno ha usado también la mano, pero no vale. Después se daban la mano, un golpecito en la cabeza o en la nalga. Algunos escupen o  se soplan la nariz al viento, cubriéndosela de una solo lado. Había que bendecir el campo con todo lo que fuera posible.

Los arqueros eran los mas vanidosos del equipo. Podían jugar con la elección de los guantes y con las cosas que hacían mientras el juego se desplegaba en la otra mitad del campo. Había quien pateaba los palos con los tacos, quien ostentando desenvoltura caminaba hasta afuera del area grande, hasta he visto alguno sentarse a esperar. Qué coraje hacer esas cosas, que si ganás por ahí pasas por excéntrico, pero si perdés, por boludo.

Pero de cualquier manera, antes o después, el batallón se venia hacia ellos al galope. Y ahí me daban pena. Al final estaban solos  a atajar los golpes. Y a no atajarlos. Y cuando no los atajaban imagino que no había golpecito en la nuca de los compañeros ni guantes coloreados que pudieran sacarles al amargura.

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